Partiendo que es normal que tras varios meses viviendo una pandemia, nuestras emociones estén a flor de piel, que la incertidumbre e inseguridad esté día y noche presente en nosotros. 

Es la sensación que se palpa en el ambiente, que percibo en el entorno en el que me muevo, que cada vez que me cruzo con algún conocido por la calle, esto es de lo primero o incluso lo único de lo que se habla. Ahora más que nunca nuestros cuerpos están deseosos de conectar con nuestras emociones, sentimientos, nuestra esencia. Está bien sentir y emocionarnos.

Es bueno para nuestro bienestar, no guardar ni tragarnos lo que sentimos. De hecho muchas alteraciones de salud como el síndrome de intestino irritable, migrañas, insomnio… están íntimamente relacionadas con la costumbre de reprimir emociones. 

Seguramente hayas tenido que adaptarte o estés experimentando ahora mismo un proceso de adaptación a la «nueva normalidad» y que tu forma de alimentarte, hacer la compra, planificarte, cocinar, comer también haya cambiado o esté cambiando. Que sepas que esto también es normal. Quién se iba a imaginar que el COVID-19 pudiera alterar tanto nuestras vidas, trabajos y nuestras neveras.

Lo que vengo a decirte con este post ,es que si estás preocupadx por tu alimentación, presta atención a la forma en que actualmente te relacionas con la comida, ya que te aporta información valiosa sobre cómo están influyendo tus emociones sobre lo que comes.

Está bien querer aprender a comer, querer saber qué comer, cómo comer y cuánto comer (De hecho tengo una guía disponible que te puede ayudar en este sentido Guía del buen comer), Pero antes de esto, es más importante aprender a escucharte. Aprender a reconocer cuándo comes por impulso, qué situaciones, momentos o emociones son detonantes en ciertos comportamientos alimentarios.

La alimentación saludable, al menos como yo la entiendo, consiste en disfrutar de lo que comes, de comer sin culpas ni miedos, de no vivir pegado a una báscula, de no buscar mecanismos compensatorios porque has comido algo que no es saludable. (Quizás no sea saludable en cuanto a nutrientes pero quizás en ese momento es saludable para tu mente).

Una alimentación saludable va de ti, de conocer tus hábitos y a ti mismx.

Quizás antes de esta situación llevabas una alimentación muy controlada y comías bien, pero actualmente estés comiendo «peor», con más ansiedad o en piloto automático sin apenas disfrutar de lo que te llevas a la boca. Si esto que estás leyendo remueve algo en ti, o te sientes identificadx, quizás no es el mejor momento para empezar una dieta, al menos una dieta como se suele entender (Restricción, lista de alimentos prohibidos, contar calorías…)

Lo que menos necesitas es más presión y control en tu vida. ¿No has sentido que cuánto más quieres controlar una situación, más se te escapa de las manos? Pues lo mismo ocurre con la alimentación. Muchas veces cuando recurren pacientes a mi, vienen con la idea que les voy a quitar alimentos, que van a pasar hambre, vienen con una disposición increíble, totalmente dispuestos a pasar hambre.

NO, NO y NO. Al menos conmigo no vas a pasar hambre, excepto en alguna patología puntual, jamás he prohibido nada.

Las prohibiciones dietéticas fomentan el descontrol, la ansiedad y la frustración. Por lo que en lugar de conseguir el objetivo que buscas (Estética, salud…), quizás consigas todo lo contrario. Si deseas comer de una forma saludable, hazlo desde el amor y respeto hacia ti mismx. Si no sabes cómo hacerlo te animo a que acudas a un dietista o nutricionista, que seguro te va a orientar en tu caso particular. (Pide cita)

Recuerda que comer sano es comer de una forma imperfecta, flexible y disfrutando. Si quieres mejorar tu alimentación empieza con cambios progresivos, da tiempo y felicítate por cada nuevo avance, ya estás un paso más adelante.

Resumiendo todo lo dicho, si te has identificado en alguna parte de este post, te animo a no hacer dieta, sino a empezar un estilo de vida saludable, flexible e intuitivo.

Gracias por leerme.

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